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EL NACIONAL - DOMINGO 2 DE JULIO DE 2000
SIETE DIAS Dos reporteros norteamericanos en una travesía desesperada De Haití a las costas de Florida corre la ruta del infierno En una nación donde el ingreso per cápita se sitúa en 250 dólares y el empleo estable es privilegio de menos de 0,5% de la población, miles de personas pagan cada año hasta 3.500 dólares por someterse a la más pavorosa aventura. Hacinados en endebles embarcaciones, atormentados por la sed y el hedor, expuestos a morir ahogados o por deshidratación, los haitianos están dispuestos a afrontarlo todo con tal de huir de la miseria e intentar un futuro incierto en EE UU. "Llegamos a este país en botes de esclavos y vamos a salir de él de la misma forma" Michael Finkel - The New York Times Servicio exclusivo de El Nacional En la cabina de carga, debajo de las tablas de la cubierta, privados de la luz del sol mas no de su fuego, a veces parece que no hay más que ojos. El bote de 23 pies de largo avanza con el único impulso de dos pequeñas velas. Son 41 personas abajo y cinco arriba. Todos, excepto el fotógrafo y yo, son ciudadanos haitianos que huyen de su país con la esperanza de comenzar una nueva vida en Estados Unidos. La bodega parece el túnel de una mina; miro en la oscuridad y es imposible decir dónde comienza una persona y dónde termina la otra. Estamos comprimidos, miembros entrelazados, cabezas sobre regazos, una masa tan densa que casi no hay espacio para moverse. La conversación ha callado, y de no ser por el movimiento y parpadeo de los ojos, no habría signos de vida. Apenas 24 horas antes, los rostros de la gente que me rodea lucían luminosos ante la esperanza de llegar a un nuevo país. Ahora, mientras la rudeza de la travesía se hace evidente, sus miradas transmiten la aplastante desesperanza del miedo. Para entrar ilegalmente a Estados Unidos, los haitianos suelen hacer un viaje de dos fases. Primero, toman un bote a las Bahamas, y luego otro a Florida. En los primeros cinco meses de este año, la Guardia Costera de EE UU ha recogido más de 883 haitianos, casi el doble de los capturados en todo el año 1999. El 22 de abril, la Guardia Costera rescató a 200 haitianos luego de que su bote encallara cerca de Harbor Island, en las Bahamas. Tres días después, 123 haitianos fueron rescatados de un barco que zozobró costa afuera de la isla Gran Inagua. Tres días después de esto, 278 haitianos fueron localizados por las autoridades de las Bahamas en una playa de Flamingo Cay, donde habían permanecido por una semana tras el hundimiento de su bote. Cuando los equipos de rescate llegaron al lugar, 14 personas habían muerto por deshidratación. Otras 18 perecieron en la travesía. Estas aterradoras historias no disuadieron a David, nuestro guía y traductor, de emprender la travesía. Durante los último seis meses, los haitianos han huido de su país en cantidades nunca vistas desde 1994, cuando un golpe militar intentó derrocar a Jean-Bertrand Aristide, presidente para la época. Los niveles de pobreza en Haití, que siempre han sido alarmantes, se han disparado en los últimos años a niveles aún mayores. Hoy, casi 80 por ciento de los haitianos viven en condiciones abyectas. Menos de uno por cada 50 tienen empleos estables; el ingreso per cápita se ubica alrededor de 250 dólares. Los haitianos una vez creyeron que Aristide cambiaría las cosas, pero ya no está en el poder y los interminables retrasos de las elecciones, los asesinatos políticos y la escalada de la violencia y la corrupción han gestado un sentimiento palpable de desesperanza. En febrero, el Departamento de Estado dio a conocer los resultados de una encuesta realizada en nueve ciudades haitianas. Sobre la base del estudio, dos tercios de los haitianos, aproximadamente 4,69 millones de personas, abandonarían Haití si se les dieran los medios y la oportunidad. No obstante, la mayoría tendría que hacerlo ilegalmente. Cada año, Estados Unidos emite alrededor de 10.000 visas de inmigración a ciudadanos haitianos, con lo que satisface apenas un quinto de la demanda. Ron cinco estrellas David es un líder natural. Habla inglés, francés y creole, tiene 25 años, es alto y fornido. Luego de vivir un año en las calles, David se aloja junto con otras 13 personas en un rancho ubicado en una barriada pobre. A principios del mes pasado le mencioné a David que, junto con el fotógrafo Chris Anderson, deseaba realizar un viaje de investigación sobre la inmigración ilegal de Haití hacia Estados Unidos y le pedí que fuera nuestro guía y traductor. Al principio se mostró escéptico, ya que pensó que éramos agentes secretos de la CIA tras la pista de contrabandistas. Pero luego de escuchar atentamente nuestros planes y ofertas, aceptó. A las 5:30 am del día pautado está en nuestro hotel. Abordamos un autobús escolar y enfilamos al norte, hacia la Isla de la Tortuga. El autobús recorre las calles y, aunque son las 7 de la mañana, el sol es inclemente. Al mediodía pasamos a una camioneta pickup. Cinco horas más tarde, la carretera termina en el pueblo astillero de Port-de-Paix, donde abordamos un ruinoso ferry y partimos hacia La Tortuga. David nos explica que allí verdaderamente comienza nuestra travesía hacia EE UU. En La Tortuga no hay calles, teléfonos, agua potable ni electricidad. El transporte se realiza estrictamente a pie, por senderos flanqueados de cactus. Por uno de estos caminos llegamos a La Vallee. En la playa vemos al menos 17 botes en construcción. Parecen esqueletos de ballenas encalladas. El primer paso para abordar uno de estos botes en La Tortuga es obtener el respaldo de uno de los funcionarios locales. Arreglamos una cita. David lleva una botella de ron cinco estrellas y nos encaminamos a la casa del funcionario. La reunión es tensa. David, Chris y yo esperamos, junto con 12 personas más, en el porche de la casa del funcionario. El funcionario se presenta como el señor Evon. Esa misma tarde, varios de los hombres presentes en la reunión vienen a visitarnos. Su objetivo es el "vit ron". Así llaman los locales al proceso de reclutar pasajeros. David escoge a Stephen Bellot, un hombre de apariencia amistosa, quien dice saber de un bote que zarpará en unos días. Trabajó durante varios años en Port-au-Prince como profesor de química e inglés, con un salario de 35 dólares mensuales. Regresó a La Tortuga hace seis meses, para abordar un bote con destino a EE UU. Stephen nos informa que ya arregló, para el día siguiente, una reunión con el dueño de un bote. Esperamos 11 horas en la casa de Stephen. El capitán llega con la puesta del sol, vestido con las mejores ropas que he visto durante toda mi estadía en Haití. Gilbert Marko, de 31 años, tiene los ojos opacos y la cabeza extrañamente redonda. David y Stephen toman la palabra y expresan su total respaldo a nuestro proyecto. Gilbert parece estar convencido. Nos explica que su bote es nuevo, que habrá mucha agua y comida y no más de 25 pasajeros. El cruce tomará cuatro días, si el viento es bueno. Si no, ocho días. El bote no tiene motor. Según Gilbert, el segmento final del viaje (un recorrido de 90 minutos en un bote con motor, desde las Islas Bimini, Bahamas, hasta Broward Beach, Florida) cuesta aproximadamente 3.000 dólares por persona. Finalmente, llega el momento de hablar de dinero. El precio más común por un viaje ilegal a las Bahamas es de 10.000 gurdos (aproximadamente 530 dólares). Un porcentaje significativo de los ingresos de Gilbert va directamente a los funcionarios locales. Luego de varias horas de negociaciones, Gilbert acepta transportarnos a Chris y a mí por 1.200 dólares cada uno, y a David y Stephen por 300 dólares cada uno. "In God we trust" El bote de Gilbert, "Believe in God", está anclado en La Vallee. Si le pidiéramos a un niño de segundo grado que dibujara un bote, el resultado se parecería mucho a la estampa del Believe in God. No tiene mapas, salvavidas, balsas de rescate, instrumentos náuticos, ni siquiera una brújula antigua. La bodega es la única área que protegerá a los pasajeros de los elementos naturales. El bote, que se construyó en tres semanas, no tiene ni un sólo detalle dedicado a la comodidad. Antes de ir a comprar algunas provisiones, Gilbert nos anuncia que partiremos dentro de tres o cuatro horas. Pero el tiempo en Haití es un concepto extraordinariamente flexible, de modo que pasan ocho horas sin que veamos signo alguno de la tripulación. Después de 30 horas de espera, David teme que hayamos sido estafados. Pero afortunadamente se equivoca: Gilbert y su tripulación aparecen al caer la noche en un ferry que amarra al lado del Believe in God. Han traído a otros 30 haitianos, cada uno con su pequeña bolsa de enseres personales. En sus rostros se lee una mezcla de preocupación, confusión y emoción. Nuestras provisiones para el viaje: un saco de 100 libras de harina, dos tambores de agua de 55 galones, cuatro racimos de plátanos, un saco de carbón y un asador en su caja. Los pasajeros son transferidos del ferry al Believe in God y Gilbert envía a todos, excepto a la tripulación, a la bodega. Nos empujamos tratando de marcar pequeños lotes de territorio. Por la escotilla, observamos cómo Gilbert le entrega a cada uno de los miembros de su tripulación un sobre con dinero. Todos se muestran insatisfechos y se inicia una discusión que se prolonga hasta el amanecer. Abajo, en la bodega, los cuerpos se apretujan unos contra otros y la frustración asciende. Cuando la tripulación finalmente acepta que no habrá más dinero, los hombres exigen puestos en el bote para sus familiares. El capitán acepta y poco después hay 46 personas a bordo. Las horas pasan y en la bodega apenas hay espacio para sentarse. Las personas se calman. El sol monta su arco y el calor que sale por la escotilla enturbia el cielo. Alguien pasa un recipiente con agua, pero sólo podemos tomar un poco. Cuesta respirar. En estos viajes ha habido asesinatos, suicidios y muertes por asfixia. Ahora entiendo por qué. "Llegamos a este país en botes de esclavos y vamos a salir de él de la misma forma", sentencia David. Han pasado 10 horas y el bote aún no se mueve. Gilbert se apersona en la bodega. Agita algunas banderas, canta y esparce agua y perfume sobre nosotros. David nos explica que son cánticos vudú. Luego, Gilbert sube a la cubierta y da una voz de mando. El Believe in God finalmente zarpa: 600 millas de océano abierto separan a los países pobres de los ricos en el Hemisferio Occidental. Es una extensión de agua alevosa. La posición de las islas del Caribe en relación con la corriente del Golfo crea el llamado efecto Venturi, un movimiento en túnel que puede generar una rápida acumulación de vientos y olas. Para un bote sin mapas náuticos, el área es un campo minado de torbellinos, bancos de arena y arrecifes. Al principio, las olas son modestas. Sin embargo, la sensación en la bodega es de total inestabilidad. Dado que la bodega está bajo la superficie del agua, todos los ruidos de afuera nos llegan distorsionados, como los sonidos de la digestión. Me imaginó que Jonás escuchó cosas semejantes cuando quedó atrapado en el vientre de la ballena. El calor se ha convertido en un objeto, un peso, algo sólido y pesado que se ha posado sobre nosotros. El aire no circula. La sed es un dilema constante. A veces, el deseo de beber algo nubla todas las demás nociones. Según las reglas establecidas por el capitán, ocho personas pueden permanecer en la cubierta en cada turno; el resto se queda en la bodega. Seis de los puestos están reservados para Gilbert y su tripulación. Los otros dos se rotan en turnos de 20 minutos. Esto significa que cada persona puede salir a cubierta una vez cada seis horas. De los 46 pasajeros, cinco son mujeres. Están muy juntas en la parte más baja de la bodega, apenas visibles como siluetas. Cuando el bote se estremece, las mujeres se crispan, se toman por el cabello, pero parece que jamás hablan. La persona más vieja entre los pasajeros es Desimeme, de 40 años, y la más joven es Kenton, de 13 años. La edad promedio está alrededor de 25 años. Al contrario que los emigrantes de principios de los 90, en su mayoría familias y campesinos, la mayoría de los haitianos que escapan de su país son hombres jóvenes y urbanos. La razón de este cambio es probablemente de naturaleza económica. Durante los últimos años, según los locales de La Tortuga, el precio del viaje ha subido significativamente. Las mujeres y los campesinos son dos de los grupos peor pagados de Haití. Agwe, espíritu del mar Dos horas después de la partida, comienzan los mareos. Hay conmoción en la parte trasera de la bodega y las personas comienzan a gritar. Un balde de color amarillo comienza a circular entre los pasajeros, Docenas de pares de manos se extienden para alcanzarlo. El balde amarillo también nos sirve como baño, una humillación inevitable que cada uno de nosotros tiene que padecer. No todos pueden esperar a que el balde llegue, y al pasarlo de manos en un mar picado, el contenido se esparce y se mezcla con el agua que nos llega a los tobillos en el fondo de la bodega. El hedor es agobiante. Aunque este no parece ser el momento apropiado para comer, la cena está servida. La cocina del bote, en la cubierta, es un viejo ring de automóvil relleno con carbón. También hay una enorme lata de aluminio. La comida consiste en bolas de masa hervidas y caldo, o mejor dicho, cuatro bolas de masa en agua hervida. Las raciones pasan de mano en mano. Cuando se terminan las bolas de masa, Hanson, uno de los miembros de la tripulación, baja a la bodega con la especialidad de La Tortuga: maní triturado con azúcar. Saca una cuchara de su bolsillo, la hunde en la bolsa y le pasa una cucharada al hombre que tiene más cerca, como quien administra una medicina. Se abre paso en la bodega y le da una cucharada de su especialidad a cada persona. Todos aprecian su generosidad, pero el postre no logra asentar el estómago de sus comensales. El balde amarillo reaparece con urgencia. Las horas siguen pasando. No hay nada que hacer, ningún tipo de distracción. El bote oscila, el sol brilla, el calor aprieta. Las personas están enfermas, silentes, los ojos se cierran gradualmente. Todo el mundo parece ensimismado, como en las primeras fases de un shock. Cabeceos, puños que se abren y se cierran. La sed es como una soga que aprieta la garganta. Se escucha el pánico silente del terror más profundo. Poco antes del alba, cuando hemos estado en el mar casi 12 horas, subo por segunda vez a la cubierta. No se ve nada a nuestro alrededor, excepto agua. El cielo de occidente comienza a enrojecer y nuestras sombras se estiran al máximo. Gilbert está en la proa, contemplando el horizonte. De pronto, su rostro se crispa de preocupación y grita: "¡Hamilton!". Todos se paralizan en la cubierta. Grita nuevamente y apunta hacia la distancia: un navío con apariencia militar se acerca. De inmediato me envían a la bodega. Stephen nos explica que la palabra Hamilton, del slang haitiano, quiere decir barco de la Guardia Costera. Todos en la bodega se acumulan en la parte trasera, alejándose de la entrada. Gilbert desciende a la bodega con dos miembros de la tripulación. Abre la puerta de su camerino, entra y comienza a cantar en un tono lúgubre y desafiante. El cántico es un homenaje a Agwe, el espíritu vudú del mar, y cuando Gilbert sale a la cubierta, varias personas se unen al canto. Es un himno sagrado sin gozo, una señal desesperada de unidad. Se escuchan voces hablando en francés. Seis personas a bordo de una balsa con motor suben al bote, con chalecos marcados con la siglas de la Guardia Costera. -¿Hacia dónde se dirigen? -A Miami. -¿Tienen documentos de desembarque? -No -¿Qué transportan? -Arroz -¿Podemos abordar? -No Nada más: el sonido de la balsa se aleja. Como precaución, nadie más podrá volver a la cubierta por el resto del viaje. Hay una exhalación general, como si nos hubiesen golpeado en el estómago. Hemos estado 14 horas en el mar. "Ahora hay democracia" Al cabo de 12 horas más, se escucha nuevamente el sonido de la balsa con motor. Esta vez son dos. No hay diálogo esta vez, sólo el crujir de las botas en la cubierta. De pronto, luces de linternas violan la bodega. La luz nos ciega: 18 horas después de zarpar, el viaje ha terminado. En grupos de seis abordamos botes de caucho y somos transportados al guardacostas Forward de la Guardia Costera, un barco de 270 pies de largo y nueve pisos de alto. Son las 4 de la madrugada. Nadie se resiste. Las autoridades nos ponen en cuarentena en el hangar de un helicóptero. A los funcionarios de la Guardia les sorprende hallar periodistas a bordo, pero somos procesados como los demás haitianos. Pasamos dos días en el Forward. El 16 de mayo, desembarcamos en Great Inagua Island y somos entregados a las autoridades de las Bahamas. Chris y yo somos liberados, mientras que los haitianos son alojados en un centro de detención. Al día siguiente, son llevados a Nassau y encerrados en otro centro, donde son entrevistados por un representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. Nadie cumple con los requisitos para ampararse bajo el estatus de refugiado. El 30 de mayo, los 44 haitianos son trasladados desde Nassau a Port-au-Prince. No reciben castigo alguno de las autoridades haitianas. El ejército de Estados Unidos ayudó a restituirle la presidencia a Aristide y luego se desvaneció. Ahora, como hay democracia en Haití, Estados Unidos tiene una excusa sencilla para rechazar las demandas de los ciudadanos haitianos: éstos emigran por razones económicas, no políticas. Para los haitianos que logran entrar ilegalmente a EE UU -entre 6.000 y 12.000 cada año, aproximadamente-, es mucho mejor insertarse en el tejido de la comunidad haitiano-estadounidense que solicitar asilo. En 1999, resultaron rechazadas 92 por ciento de las solicitudes de asilo de haitianos. La inmigración ilegal se ha mantenido por décadas. No es difícil imaginar que miles de cuerpos de ciudadanos haitianos reposan en el lecho del Mar Caribe. Versión: Violeta Linares -------------------------------------------------- |
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